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Stereolab KTDral. 11 de octubre de 1997. Músicos: Tim Gane (guitarra), Mary Hansen (voz), Richard Harrison (bajo), Morgan Lhote (teclados), Laetitia Sadier (voz) y Andrew Ramsay (batería) Bueno. Era hora de comprobar si el público de Stereolab había crecido desde la última vez que vinieron por aquí. Por lo visto en KTDral, sí. Su estilo es de ésos que permanecen impasibles por los años, las décadas y, de vez en cuando, alguien se atreve a sacarlo de sus catacumbas y sus clubs, a reponerlo ante el público adaptándolo a los tiempos. Stereolab tienen en su haber ese mérito con nueve discos en seis años, un montón de singles, participaciones en recopilatorios y una actividad en directo inmensa. Pero... otra cosa es que su propuesta en vivo refleje un crecimiento artístico más allá de lo que pide el género. Stereolab hace una música ambiental cómoda, relajada y relajante. Y es difícil disfrutarla si no estás en esa circunstancia. Los miembros del grupo son un palo en directo, secos, inmóviles, con muy poco que aportar más allá de su música, una música que es, a la vez, tranquila. Con ésas, la mejor propuesta para ver a la banda en directo es encontrar un lugar con mesas, sillas, espacio y sitio para, de vez en cuando, echarse un baile. KTDral no era así y el público se arremolinaba en la pista tratando de ver algo que, en el escenario, no existía: show. Desde que arrancaron con The light that will cease..., con serios problemas de acoples, la banda expuso una actitud distante, muy poco comunicativa y realmente sosa. La música es otra cuestión. Sus temas (Miss modular, Melochord 75, Cybele's reverie...) iban cumpliendo su papel subiendo el tono del concierto según lo pedía el ambiente. Fueron de menos a más y terminaron gustando después de que en la primera parte del set tuvieran serios problemas de sonido y demostraran poco oficio en el escenario, a pesar de haber tocado tanto antes de visitarnos. No es que instrumentalmente los miembros de Stereolab demostraran nada del otro jueves, ni que la voz de Laetitia, muy mal sonorizada, brillara como en los discos, pero, por lo menos, la esencia musical fue capaz de traspasar el escenario y terminar llegando a un público que colaboró lo que pudo. Así, el grupo hizo su papel, escueto, y dejó un extraño sabor de boca, agridulce. E.P.
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