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Pat Travers La Sala. 24 de enero de 1997. Todo parecía indicar que este concierto era de los que salen mal. El horario se retraso en exceso, el telonero se cayó, el público asistió en muy poca cantidad y, para más inri, el retraso me iba a impedir llegar al concierto de Barricada que se celebraba al otro lado de la ciudad. De Pat Travers no sabía nada desde finales de los setenta. Por aquella época era uno de los guitarristas que se veían llegar como relevo para los monstruos del blues rock blanco. Clapton, Beck o Lee estaban a la baja y el circuito norteamericano presentaba a Travers (con Tommy Aldridge a la batería) como uno de sus grandes valores, algo que mostró con gusto en sus primeros álbumes. Sin embargo, llegó el punk, el tío rompió con su compañía, su mujer le desplumó en un divorcio y en España sus discos ni se importaban. Con éstas, el precedente no auguraba nada bueno, pero... Apareció en escena con un físico de lo más juvenil: melena al viento movida por los ventiladores instalados en la tarima, un bajista repeinado y un batería escondido tras sus tambores. Una nota, dos, y una tormenta. Sin esperármelo iba a asistir a uno de los mejores conciertos que he visto en la última temporada y, encima, como había tan poca gente, podía ir y venir por la sala para ver lo que quisiera, pedir las copas sin esperar y saludar a la gran cantidad de músicos que había repartidos por el recinto. En dos temas, Pat ya se había llevado a la gente de calle. Sus guitarras, antiquísimas, sonaba con un poder que no está al uso. Y no estoy hablando de volumen, sino de potencia. El sonido trabajó perfectamente, aunque lo habría hecho mejor con cien personas más en la sala, pero, te pusieras donde te pusieras, los tres modelos que sacó Travers a escena te golpeaban el pecho con unas rítmicas con mucho poder y con unos solos de lo más atrevidos. Travers ha cogido una senda mucho más dura que la que marcó sus inicios, con el blues como esencia, pero con un desarrollo más blanco, como cogieron en su día Led Zepellin o AC/DC. El bajista demostró una solvencia a prueba de bomba y sujetó con calidad las improvisaciones de Pat: solos perfectamente hechos en los que jugaba ampliamente con los botones mientras no dejaba de puntear. La batería estaba un poco más discreta, algo bastante normal, ya que, si no, hubiéramos estado ante una banda del talante de Cream o la Experience de Hendrix. Aunque tenía previsto ver unos cincuenta minutos para llegar a la actuación de Barricada, el guitarrista me convenció notoriamente. ¿Para qué te vas a cruzar Madrid si aquí te estoy dando un conciertazo de los que hacen época? La gente bailaba, las guitarras hablaban y Pat cantaba con una voz mucho más curtida de la que le recordaba. Los bises no bajaron el nivel: tres piezas que comenzaron con el típico solo en el que el guitarrista no tiene acompañamiento y que continuaron con un blues que terminó explotando en todo el techo. Im-pre-sio-nan-te. Sin palabras. ¡Qué bueno, qué bueno...! E.P.
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