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Ocean Colour Scene + Oasis Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza. 8 de noviembre de 1997. La nueva gira de Oasis por nuestro país está contando con teloneros de lujo. Mientras que en algunos de sus shows están acompañados por los Seahorses de John Squire, en otros el soporte viene, ni más ni menos, que por cuenta de Ocean Colour Scene, una banda que está revelándose como un proyecto de lo más interesante y que con Marchin' already, su más reciente trabajo, está consolidando lo ofrecido con su anterior Moseley shoals. Los Ocean estuvieron en Festimad y dejaron un agradable sabor de boca, lo que hizo que los promotores prefirieran que, en Madrid, ambos grupos actuaran separadamente debido a su poder de convocatoria. En Zaragoza, sin embargo, la noche del día 8 se volvió de lo más brit por cuanto ambas bandas coincidían en el escenario del pabellón Príncipe Felipe, el cual tuvo una entrada magnífica y se vio saturado por fans de todas las edades. Nunca vi tanto rendimiento al puesto de merchandising ni tantos desmayos por metro cuadrado. No es extraño que tanto los chicos de Ocean como los de Oasis se pudieran sentir como en su casa. A las nueve estaba anunciado el comienzo y a las nueve empezó. Simon Fowler, Steve Cradock, Oscar Harrison y Damon Minchella tomaron el escenario en lo que iba a resultar el concierto más corto de la temporada. Obviamente, el hecho de ser teloneros de una banda como Oasis supone tener que cortarse a la hora de presentar tu show, pero una cosa es eso y otra tocar únicamente ocho temas. 100 mile high city abrió el show y mostró a la banda en una forma extraordinaria, eufórica y con un sonido buenísimo. Better day trajo consigo un fallo en los altavoces, pero fue rápidamente arreglado por un equipo que, durante toda la noche, se mostró espléndido de profesionalidad. Ocean Colour Scene presentaba sus melodías brutales, una voz de lo más meritoria y una conjunción que quedaba un tanto deslucida por tener que abordar el escenario con un set limitadísimo que llevaba consigo, incluso, que la batería no tuviera una mínima tarima al estar montada en la parte de atrás el backline de Oasis. Travellers tune, The circle y Living your pockets fueron subiendo la temperatura hasta que el riff de guitarra de Riverboat song cogió a la gente en su mejor momento. El concierto estaba saliendo espléndido y mi chica fijaba los ojos en aquellos cuatro muchachos que no necesitaban ni juego de luces para ofrecer magnetismo. Debris road continuó la línea y nos hizo desear que el show de los Ocean fuera lo suficientemente amplio como para que los zaragozanos pudieran juzgarlos en su verdadera plenitud. La balada empezó a calentar instintos y los primeros arrumacos comenzaron a verse en las gradas. Fue uno de los mejores momentos del show, continuado por un The day we caught the train realmente magnífico. ¡Qué buena canción y qué bien interpretada! Aquello prometía mucho, pero, ni cortos ni perezosos, los integrantes de la banda desaparecieron del escenario y no volvieron a tomarlo, dado que los técnicos comenzaron inmediatamente a desmontar el tinglado. Si algo clavado tuvo el concierto fue el horario y los chicos de Oasis habían prometido aparecer a las diez delante de los maños. Con éstas, Ocean Colour Scene se convirtió en un "coitus interrumptus". Todavía tenían material de sobra para ofrecer, cuanto menos, otras ocho canciones de calidad; el ambiente se había caldeado como era de desear y todo estaba saliendo magníficamente. Pero ser teloneros a veces trae cosas como éstas. El concierto de los Ocean había marcado la pauta y lo menos que se podía esperar es que Oasis cumpliera con su deber de cabecera de cartel. La historia no había comenzado demasiado bien, ya que los Gallagher tuvieron que dejar su escenario en la frontera por la habitual huelga camioneril gabacha. Por lo visto, en esta ocasión, Oasis reproduce en el escenario la portada de su álbum más reciente, algo sorpresivo en un grupo que, por lo demás, es sosito hasta aburrir en lo que se refiere a sus puestas en escena. Con todo, una producción nacional trató de paliar el problema, currando especialmente la luminotecnia y confiando en que Liam hubiera mejorado sus escasa dotes de frontman encima del escenario. Be here now fue la encargada de comenzar el show y, desde el principio, se apreció que no, que para nada: Liam sigue siendo una cosa estática que, cuando se mueve, más parece que lo haga por aburrimiento que por feeling o intensidad emocional. Noel, a su izquierda, también se mostró quietecito y sin aspavientos, dejando que su hermano se sentara en el escenario, tirara la pandereta o, de vez en cuando, desapareciera para que él abordara las partes vocales. Stay young trajo consigo el despliegue de focos que quedó bastante vistoso y Stand by me, interpretada después de que Liam tirara una toalla al público, dejó a las claras lo esencial del material de Oasis. Estos tipos, por lo visto, son unos bordes de impresión, pero, para los que no nos morimos por nadie, lo importante es lo que los artistas muestran en sus discos y en el escenario. Y, a este respecto, Oasis no es, ni mucho menos, un grupo del montón. Saben construir melodías que van directamente al hígado, crean ambientes con dos acordes y saben meterte su canción en lo más hondo de tu cuerpo. Mi chica empezó pronto a quejarse por las tonterías de Liam (que si me caigo, que si hago un chiste sin ninguna gracia...), pero a mí me parecieron estupendos, salvando, claro, que el vocalista es como una estatua que en directo no aporta gran cosa. Con Supersonic y Some might say todo el Pabellón estaba botando coreando los estribillos superpegadizos de los temas. Las fans ya se habían quedado en la mitad, dado que salían a borbotones por el foso de fotógrafos hartas de tanto apretón y tanta emoción. Nunca conseguiré entender a estas niñas: pagan una entrada importante y luego ellas mismas se joden el concierto como si aquello fuera un sacrificio ritual. Hay que ser un poco estúpidas para gritar hasta no oír y empujar para tratar de tocar a un tío que no vas a alcanzar en tu vida. Pero... bueno: de todo tiene que haber. Los que pagaron el pato fueron los fotógrafos, ya que se acumuló tal circulación en el foso que la organización empezó a echarlos para favorecer a los servicios de auxilio. Estos, lógicamente, se mosquearon, algo que parece propio de la profesión, ya que, en su opinión, una foto más o una menos es sumamente importante. El estribillo superbeatle de Roll with it quedó bordado y dio paso a D'you know what I mean, el último single del grupo, que ya es archiconocido en España. Para su interpretación se dio entrada a los teclistas Mike Rowe y Paul Stacey, que complementan a la banda durante esta gira. Magic pie, el siguiente tema, lo cantó, al igual que Don't look back in anger, Noel, ya que Liam se largó temporalmente dejando el escenario totalmente vacío. Entre que se mueven poco y se escoran a los lados, la desaparición del vocalista hizo que las tablas quedaran bastante desangeladas. Liam volvió para coger el tren en un gran momento. Don't go away y el fabuloso Wonderwall fueron, con mucho, lo mejor de la noche y su enorme intensidad hizo que los siguientes Live forever e It's gettin' better man sonaran más flojos. All around the world fue el tema que cerró el concierto, el cual se interpretó mientras Liam recibía abundantes pelotazos de papel que podían ser hostiles o contener números de teléfono con promesas interesantes para la nocturnidad. El caso es que Liam no se inmutó y dejó que un solo de Noel cerrara el concierto antes de volver a salir para hacer tres temas en los bises. Fade in/out, Champagne Supernova y Acquiesce fueron las piezas elegidas para dar gusto a los aragoneses. El resultado fue de lo más agradable y vino a demostrar que los británicos (tanto los unos como los otros) tienen suficiente gusto y talento como para no quedarse en bandas de dos o tres años de éxito. En el caso de Oasis, además, se junta la virtud de jugar con los medios y, con rarezas y salidas de tono, consiguen estar todos los días en la prensa inglesa, algo que en estos tiempos da muy buen resultado. Lo más importante de ellos, la música, es lo suficientemente buena como para librarse de la etiqueta del britpop y superarla en el tiempo. Por tanto, disfrútala. E.P.
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