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No Doubt Aqualung. 7 de marzo de 1997. Siempre abogaré por escuchar a los teloneros, que alguna vez dan la sorpresa, como hicieron los de No doubt, Baby Snufkin. Hasta ahora no he leído nada sobre ellos, pero tocan muy divertido y con un ritmo entre Mano negra a lo americano, Madness, The pogues e, incluso, algo de las canciones más esperpénticas de Talking heads. Quedó claro de qué iban, después de casi una horita de concierto, cuando se despidieron con Indio de Barcelona, de Mano negra, y La fiesta, de The pogues. A la salida compré el disco, muy bien grabado, y ellos mismos me lo vendieron y autografiaron. Unos encantos. Pero a lo que vamos. Mucha peña joven, mucha niña grunge de El Corte Inglés y modernita tipo Mango abarrotaba la sala cuando aparecieron los miembros de la banda en el escenario, ampliada con sección de viento, al ritmo de la musiquita de cuento de enanitos y hadas. Un juego de luces impactante y colorista y comenzó el ataque con Tragic kingdom, el tema que da título al disco y lo cierra. El álbum, tal y como está, interesa por la maravillosa balada Don't speak. Yo tampoco esperaba mucho de este concierto, pero el directo, no sé si porque era viernes noche, sonó poderoso ya desde el principio. La voz de Gwen Stefani (con unas pintas de saldo de rebajas de Sepu) dominó sobre el instrumental, y eso que el batería, Adrian Young, no dejaba caer las baquetas precisamente con desgana. La figura de muñequita de los años cincuenta americanos (tipo anuncio impreso de Coca Cola) de Gwen no dejó de pisar ningún rincón del escenario, incluso el fondo sur donde se habían instalado los negros vestidos de blanco que se encargaban de los vientos. Reconozco que creí que el concierto se iba a someter a la dictadura de un tema lento como single arrasador, pero quedó claro que la parte central de No doubt es el pop marchoso. Conectaron con un público que ya traía el cable de casa. Just a girl les sirvió para comprobar si habían estudiado y ponerles, en coros, un diez a los chicos y chicas que se avalanzaron sobre Aqualung. Como recompensa, regalaron al público flores de tallo largo como las que adornaban el pie de micro de Gwen (habrá visto ella algún concierto de Willie de Ville). Entre salto y salto (mío y de Gwen sobre los monitores acústicos del escenario), una compañera de otro medio de comunicación me la comparó con Skin en el aspecto de que la vocalista de Skunk Anansie es la Virgen María y Gwen Stefani sólo llega a María Magdalena. Vale, pero resultaba de fariseos no dejarse llevar por la marcha que marcaba. Sin embargo, la cosa tomó receso al interpretar Sunday morning, que se hizo demasiado lineal y lento por más que en algunos pases de la siguiente canción la voz de esta "Madonna" llegara con la fuerza de la mismísima Nina Hagen. No supieron, o no quisieron, subir: la cosa empezaba a acabarse. Por supuesto que antes tenían que demostrar que Don't speak gusta. Tocaron esa canción, pero, con ser la más esperada, consiguieron que fuera la más decepcionante: demasiado corta, mucho más que la original. Esto se acababa y, mientras ellos bajaban el tono, el de los fans subía. Antes de despedirse tiraron por toques de pogo e incluso reggae (ambos light, más popies) y completaron el quedar bien con la peña subiendo a una niña que había aguantado en primera fila a sentarse en el borde del escenario con el guitarrista, al que luego se le unió el más macizo de la sección de vientos. Muy en plan Dancing in the dark de Springsteen. Despedida y cierre. Por cierto: los chicos de Baby Snufkin nos dijeron que volvían en septiembre u octubre. A ver si entonces alguien nos dice quiénes son. S.M.M.
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