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La N everaEl Sol. 8 de febrero de 1997. El disco de La Nevera ha sido un producto esperado durante mucho tiempo, tanto que puede que el tirón que tuvo la banda hace un par de años no haya obtenido la justa repercusión que la banda hubiera merecido. Ahora que Casa de bichos está en la calle es el momento para que la formación vuelva a presentarse a la audiencia y muestren en directo su material. Con todo, en El Sol, la entrada no fue muy esperanzadora y es de suponer que el grupo echara de menos otras actuaciones suyas en el mismo recinto con una mejor respuesta por parte del personal. La Nevera ha sido definido por algunos críticos como un grupo de soul psicodélico. Lo del soul es un poco difícil de entender, visto lo visto, ya que su música aborda una fusión estética realmente destacable en la que cabe un poco de todo sin que se pueda señalar un estilo concreto que domine. Lo de psicodélico quedó bastante bien explicado el pasado día 8, cuando tras los músicos fueron sucediéndose en una enorme pantalla multitud de diapositivas que recordaban la época más flower power de la historia. Con las luces bajas, el grupo abordó sus temas mientras el público se quedaba embebido en las manchas y espirales que iban desfilando por la pantalla. Lo que podía haber sido un efecto escénico se había vuelto, en tres temas, en un verdadero mareo, quitando todo el protagonismo que, en teoría, deberían tener los músicos. La banda colaboraba a que la gente fuera bajando sus ímpetus, ya que el vocalista abordó las percusiones sentado en una silla, algo que chocó mucho, pues su cabeza quedó por debajo de los instrumentos y pareció desaparecer. Con todo ello, lo más importante (las canciones) se fueron perdiendo entre diapos, citas en idiomas desconocidos e interrupciones para adecuar el sonido. En poco tiempo resultó que era mucho más eficaz dar la espalda al escenario y disfrutar con las composiciones de la banda, las cuales valían mucho más que el show del escenario. Ante esta situación, que incluyó la aportación de una vocalista, versiones de los Beatles y los Kinks y un improvisado segundo escenario, cabría preguntarse si la oferta de La Nevera era desmedida o, simplemente, complementaria de su música. Fuera como fuera, cuando presentaron "las canciones del medio kilo" (Charlie Bond y Mi nombre es Jack se premiaron con doscientos cincuenta papeles en sendos Villa de Madrid), el público no respondió en lo más mínimo, aun cuando se suponía que estaban sonando las piezas más populares del grupo. Cada cual puede sacar su conclusión, pero la de mi chica y la mía fue que, en casita, con el disco puesto, este grupo da muchas más satisfacciones. E.P.
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