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Motorhead

Canciller. 6 de marzo de 1997.

También me tocaba este mes una dosis de heavy metal y, por cierto, no iba yo muy esperanzado en esta ocasión. Motorhead es de las bandas que se pasa con frecuencia por España y, todo hay que decirlo, sus conciertos se cuentan por aciertos y por una dosis de honestidad y solvencia que nunca ha decepcionado. Por ese motivo (tantas veces sin fallar es tremendamente raro), me había hecho a la idea de que éste iba a ser un concierto de ésos de volumen atronador y poca cosa más. Mi chica, sin embargo, quedó impresionada con la última vez que vio a Lemy y los suyos y esperaba el show con más expectación.

Y, como tantas veces pasa, mi chica acertó más que yo. En lo único que estuve acertado fue en el tema del volumen. Querer hablar con alguien en el Canciller suponía hacer un ejercicio de memoria mientras la banda tocaba para decir las cosas rápidamente entre canción y canción, ya que, cuando el grupo estaba en acción, era como si fueras mudo. Pero, apartando ese tema (es sabido que al público metálico le gusta el volumen alto), Motorhead volvió a demostrar que es, ante todo, una banda que, cuando se sube al escenario, se gana su sueldo con sudor y entrega. Impresiona ver a un tipo como Lemy dar la espalda al paso del tiempo y cumplir en escena exactamente igual que la primera vez que se presentó al público. Esta es de las bandas que, con su dilatada historia, tiene repertorio de sobra para hacer un buen concierto; pero lo mejor es que, en directo, le da a sus temas ese aire de solvencia, de dureza y de pasión que exige el género para hacerse creíble. Todo ello adornado, como cabía esperar, con los clichés más propios del género: una batería más grande que un camión, unos solos de guitarra afiladísimos, la participación del público que coreaba cada éxito, un juego de luces superespectacular y una presencia en escena más dura que Humphrey Bogart. En conjunto, se puede señalar que fue más de lo mismo, lo habitual siempre que Motorhead se presenta a sus fans; pero, con las mismas, también volvió a ser una exhibición de cómo mostrarse profesional cuando se trata de mantener vivo un nombre tan clásico dentro del rock duro. Hay que admitir que, si bien el grupo nunca había fallado en sus visitas a Madrid, ésta no fue una excepción: cumplieron y dejaron satisfecho al personal. Ya da lo mismo la formación que venga, el local donde se lo hagan o las aportaciones que puedan presentar del material más reciente: con que esté Lemy pegado al micrófono y cogiendo su bajo hay espectáculo asegurado.

E.P.

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