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Lonnie Smith

Clamores. 29 de enero de 1997.

En un principio pensé que iba a asistir a un recital de este pintoresco teclista, pero, en poco más de diez minutos, quedó visto para sentencia que el ofrecimiento de Clamores para el pasado día 29 era bastante más amplio. Smith apareció con su habitual presencia de sij, una de las razas indias que se caracteriza por no cortarse el pelo, cubrirlo bajo un turbante, llevar siempre barba y un cuchillito a la cintura. El cuchillo, fuera de la India, suele estar prohibido, pero el resto de las cosas las lleva Lonnie con gran dignidad a pesar de que nació, según tengo entendido, muy lejos de allí.

La cuestión es que el teclista, cuyo órgano ocupaba medio escenario, se presentaba ante los madrileños acompañado por el guitarrista Ximo Tébar, quien anuncio una "sorpresa" para "pronto", y el batería Billy Brooks. El trío tardó en entrar en calor. Partiendo del blues se fueron sentando las bases con las cuales Ximo y Lonnie iban a dialogar a lo largo de la noche. Más tarde apareció el swing y, cada vez más centrados, fueron abordando terrenos más propios del cool, de nuevo el blues y algo de bop. Ximo se mostró muy eficaz y elegante en algunas piezas, mientras que en otras apareció francamente perdido. Lonnie hacía lo que quería y no era fácil seguirle la estela, dado que sus cambios de impronta o sus evoluciones no seguían un ritmo marcado de antemano. Quien me dejó boquiabierto y sorprendido fue Brooks, un batería que no suele prodigarse últimamente en directo y que, sin embargo, dejó claro que un escenario es su lugar natural. Este hombre podía hacer de metrónomo con una sola mano dejando la otra para hacer lo que quisiera y, de hecho, así lo dejó claro. Su precisión, potencia, y evoluciones dieron siempre unidad a todo lo que sonaba, dibujando la esencia rítmica necesaria para el juego entre los solistas y, al mismo tiempo, aportando casi melodías manejando únicamente tres tambores. Cuando el concierto cogió calor y los tres músicos se encontraban cómodos, todo marchó como la seda, con un Lonnie que se dejaba ir, con alguna concesión al espectáculo (tocar con las manos las teclas para los pies, sentarse encima del teclado o tocar con la nariz), un Ximo que se mostraba más acertado en las piezas lentas, en las que el marcaba el tempo, y un Brooks inconmensurable que, por momentos, eclipsaba a sus compañeros con sus solos eficaces y sus acompañamientos sobresalientes.

E.P.

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