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Kike Jambalaya

C. C. de la Villa. 22 de mayo de 1997.

Músicos: Kike Jambalaya (voz), Tito Larregui (guitarra), Salomón (guitarra), Alejandro Vaquerizo (guitarra), Volker Letzig (batería), Iñaki (piano), Gautama del Campo (saxo alto), Pablo (saxo tenor), Lázaro (trombón), Paco Ibáñez (trompeta), Juan (trompeta), Nana (coros), Marisol (coros), Juanma (coros), José Luis Povo (coros) y Juan (coros).

Plantearse hacer un homenaje a Elvis veinte años después de su muerte es un proyecto tan válido como otro cualquiera y, desde luego, una historia elogiable por lo olvidado que está un hombre tan importante para la música contemporánea. La cuestión es que un homenaje a Elvis requiere hacerlo con una mínima dignidad, porque no se está hablando de ningún pelagatos ni de un personaje entrañable que, sin más, tuviera como arma sus canciones. Elvis fue mucho más que eso: revolucionó el concepto del arreglo, se convirtió en el creador de la fusión estilística entre la música blanca y negra y, además, tenía una voz como muy pocas, capaz de cantar lo que le echaran encima.

Kike Jambalaya tenía clara la idea de cómo realizar este homenaje y a su favor cuenta el hecho de que tiene una voz verdaderamente poderosa y educada. Tras él, la Graceland band se presentó con once miembros entre metales, coros, batería, guitarras, bajo y teclados. Por último, el repertorio elegido abundaba en la época setentera del rey, aquélla en la que su capacidad vocal se ponía más a prueba agrupando baladas, medios tiempos y combinaciones orquestales que le ponían continuamente a prueba. Y, con todo esto, hay que rendirse a la evidencia de que el invento funcionó: muy buen sonido, una banda solvente, una voz poderosa y un repertorio inigualable. ¿Se podía fallar? Todo consistía en que Kike controlara el escenario, pusiera su control sin caer en la imitación y llevara el show por los derroteros más adecuados en cada momento. Básicamente cumplió, aunque en ciertos momentos se mostró más pendiente del público que del show, decayó en la faceta interpretativa y tomó las canciones como simples estándares en los que la letra no coincidía con la actitud del vocalista. Fueron fallos discretos entre un montón de aciertos, con algunas interpretaciones muy lucidas en las que su voz primó especialmente. Burning love y Suspicious mind, en concreto, conectaron con la gente y se mostraron como momentos álgidos, aunque las mejores interpretaciones de Kike calaron menos entre un público que, básicamente, quería rock'n'roll y se mostró un tanto frío. Probablemente, los más "rockers" seguían pensando en el espíritu de Elvis, mientras que quienes no conocían a Kike no pudieron evitar quedarse pasmados ante su enorme voz.

E.P.

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