|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Joaquín Sabina Palacio de Congresos. 13 de febrero de 1997. En teoría, la gira Sabina, viuda e hijos tiene la intención de presentar a un Sabina acústico que, como el dice, "presenta a las hijas que me es más difícil casar, ya que canciones como éstas no caben en una celebración tribal como las que se llevan a cabo en las plazas de toros". Para presentar su proyecto se hace acompañar únicamente por Pancho Varona, Antonio García de Diego y Olga Román, tocan sentados y presentan un escenario que intenta reproducir un salón casero. La teoría está bien, sobre todo cuando en la primera fase del "recital" aparecen, efectivamente, temas olvidados para el directo que muestran la máxima categoría que Joaquín tiene como letrista. Más de cien mentiras o El joven aprendiz de pintor pusieron la salida que continuó con un popurrí en el que los músicos enlazaban canciones de gran altura que hacían presagiar un extraordinario concierto. Pero... Sabina, como tantos, tiene sus manías y no duda en presentarlas ante un público que siempre llega entregado aparezca lo que aparezca como repertorio. Así, no tardaron en llegar las incursiones de los acompañantes, las canciones tópicas y la charla que el respetable agradeció convirtiendo el Palacio de Congresos en la plaza del pueblo. A cada comentario de Joaquín respondía alguien del público, le llamaba "guapo" o "chulo" o hacía un chiste fácil que suponía la risa de los que allí estábamos. Y el tema funcionó, por lo menos para los que veían acercarse en breve todo lo que, en teoría, no entraba dentro de este concierto. Allí apareció la copla, el tango, un dúo con Caco Senante (más parecido a su papel de Farmacia de guardia que al músico que un día fue) y, a renglón seguido, todo el repertorio pachanguero que Sabina siempre utiliza... en las plazas de toros. Se olvidó la cuidada selección que aparecía en los primeros compases del concierto y todo derivó hacia el crujir de las palmas que hacían inentendible No me gusta el rap mientras Panchito animaba a la gente a bailar La Macarena al mismo tiempo que continuaba cambiándose de sombrero. Confeti desde el techo, continuos guiños al público, un excelente sonido y una colaboración enorme de los que llenaban las butacas. Hasta el roadie fue aplaudido con pasión cada vez que aparecía en escena para cambiar una guitarra o enchufar un cable. Si bien la idea era positiva y sumamente interesante, lo cierto es que, al final, sobraron fácilmente una docena de canciones que Sabina introdujo para dar gusto al público. E.P.
|