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Hank Jones

C.M. San Juan Evangelista. 8 de mayo de 1997.

Músicos: Hank Jones (piano), Jesper Lundgaard (bajo) y Clarence Penn (batería)

A los setenta y nueve años que tiene Hank Jones, y después de haber tocado con todo el mundo que ha sido leyenda en el mundo del jazz, es obvio que nadie se plantea el presente como fue el pasado. Ahora, Jones hace una cosa en sus discos y otra, plenamente distinta, cuando sale a la carretera. Cuando aborda una gira, Jones se rodea de músicos jóvenes a los que descubre y se dedica a tocar como si lo hiciera en un pequeño club, llenando su repertorio de estándares clásicos. En Madrid, los músicos fueron un contrabajista buenísimo llamado Jesper Lundgaard y un batería autodidacta de gran parecido técnico con Elvin, el hermano de Hank. Su nombre es Clarence Penn y conviene no olvidarlo, porque, a lo largo de más de hora y media de concierto, se convirtió en el punto de mira de todos los que estábamos en el auditorio del "Johnny" y se quedó con el personal de una manera impresionante.

Jones se sienta al piano, saca esa media sonrisa de felicidad que provoca la edad y va presentando sus temas uno a uno entre bromas. Se le nota contento interpretando piezas con las que ha gozado hace tiempo y no puede evitar su satisfacción al ver cómo evolucionan en escena sus dos jóvenes descubrimientos. Su repertorio incluyó temas de Joe Henderson (Recorda me), Miles Davis (Walkin'), Benny Golson (Whisper not) y Neal Hefti (Cut) y dejó un espacio para su otro hermano, Thad Jones (Three on one), y para su músico preferido, Duke Ellington, (Satin doll, Don't get around much anymore, Do nothing still you here for me, Cotton tail). Desde el principio del show se respiró el sabor a club, a local pequeño en el que el músico tiene contacto con el público. De hecho, mientras tocaba, Hank se mostró relajado, pero con ese poder que da la experiencia a la hora de controlar todo: hablaba con sus músicos, hacía bromas al colocar las partituras, sonreía al público y aparentaba que se le olvidaban los títulos de los temas. En Walkin' demostró que la belleza queda más pura cuando se la quitan los adornos y que, para un músico de altura, lo difícil se convierte en fácil con naturalidad. A la hora de interpretar a Ellington también pudo apreciarse que Jones aborda por igual facilidad la balada más suave y el bop más rítmico. La sorpresa de la noche la trajeron sus acompañantes. Lundgaard, que estuvo magnífico toda la noche, se salió en Three on one, una pieza en la que él llevó la línea melódica mientras que el piano hacía los bajos. Penn, por su parte, ofreció una exhibición de estilo tocando de las maneras más inverosímiles y realizando unos solos increíbles en los que tocaba por igual con las manos, las baquetas o las escobillas. Usando al mínimo el bombo, jugaba con sus elementos como Pedro por su casa y consiguió sacar el público los mayores aplausos de la noche. En los bises, Jones realizó otra exhibición desquitándose del terreno que le habían pisado sus músicos. En Interlude, de J. J. Johnson, estuvo magnífico y el cierre, con el Round about midnight de Monk, fue verdaderamente precioso. La noche, por tanto, se cerró con una gran satisfacción por parte del público y de la banda, un trío que merece la pena verse y que hizo de un concierto de hora y media un entretenimiento que supo a poco.

E.P.

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