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Elliott Murphy Suristán. 16 de enero de 1997 Las dos últimas veces que Murphy ha pasado por aquí lo ha hecho en solitario, sin banda. En principio, eso parece una merma para la interpretación de sus canciones y supone un serio chasco si te has hecho a la idea de escuchar sus piezas de una manera similar a la que aparece en sus discos. Pero eso apenas dura un par de minutos, lo suficiente para que este hombre se haga dueño del escenario. Una guitarra acústica, un sombrero y un montón de armónicas le bastan al neoyorquino afincado en París para montar su feria. Con tan pocos aderezos comienza a soltar sus historias sobre gente de la calle, sobre amores que no fueron porque no podían ser, sobre las leyendas de Nueva York o sobre su propia vida y, entre tema y tema, retrata el momento con bromas y dichos que hace flotar sobre un ritmo de guitarra. Murphy tiene la riqueza que tienen muy pocos: canciones. Y, para colmo, posee un voz que le permite interpretarlas con belleza sin recurrir a más aditamentos. Sí es cierto que yo fui de los que echó de menos una batería de vez en cuando, una guitarra eléctrica o un bajo en algunos momentos; pero, por qué no decirlo, también es cierto que no me habría importado que hubiera vuelto a empezar cuando hubo terminado. Este hombre tiene el suficiente nivel en todas las facetas como para sacar adelante un concierto: toca bien, sopla la armónica muy bien y canta extraordinariamente bien, pero... no es solamente eso. Murphy es capaz de crear un ambiente, de parar un concierto y volver a empezarlo o de ir improvisando de la mejor manera posible para enriquecerlo cada momento. Probablemente, por eso prefiere tocar en solitario: no ocurre nada si se le olvida una letra, ya que lo resuelve haciendo al público cómplice de ello, atiende una petición y consigue que todos hagan la suya, pide que bajen las luces y convierte la sala en una habitación con ventanas por las que ves llover. Tiene la magia de los grandes artistas, las canciones de los grandes compositores y el encanto de lo desconocido. Por un momento me molestó que este hombre no llenara salas grandes y no provocara colas en la puerta, pero a los diez minutos de estarle escuchando agradecí que todo fuera como es, que se le pudieran ver los gestos de la cara, los ojos fruncidos cuando canta algo triste y la sonrisa graciosa cuando venía a cuento. No conozco a nadie que, después de escuchar a Murphy, no se haya quedado prendado de él y, en ese momento, agradecí que tan poca gente le haya escuchado. Es extraordinario. E.P.
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