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David Bowie Aqualung. 15 de julio de 1997. Era poco menos que increíble. David Bowie y su banda tocando a dos metros de ti, con una guitarra acústica, en una sala pequeña e interpretando Quicksand, una pieza del Hunky Dory. Y eso, en pleno 1997, cuando Bowie es poco menos que un Dios y sus conciertos se producen en recintos de altísima capacidad mientras presenta los temas de su reciente Earthling, un álbum de lo más contemporáneo. ¿Qué había ocurrido? ¿Estábamos soñando? Pues casi, aunque lo cierto es que se dieron un montón de circunstancias para que ello se produjera. O los promotores del concierto de Bowie en Madrid no supieron venderlo o es que los madrileños pasan mucho de este artista que, precisamente, está en un momento álgido en cuanto a creatividad y popularidad internacional. Sea como sea, su concierto previsto para Las Ventas no consiguió vender más que 2.700 entradas y el show fue trasladado al Aqualung, un lugar a todas luces enano para un artista de estas características. Eso supuso problemas en la entrada, donde muchísima gente quería hacerse con un ticket que ya no existía, y serios conflictos con la organización, porque el equipo de Bowie no está, para nada, acostumbrado a trabajar en sitios tan reducidos. Imagínate cómo se comportaron los miembros de la mesa de sonido cuando veían que la gente se les echaba encima para poder ver algo mientras ellos están acostumbrados a tener acotado, para su trabajo, un recinto más grande que el escenario de la sala. La historia trajo consigo también que a última hora se limitaran las acreditaciones de los fotógrafos y que solamente los periódicos de tirada nacional (los que menos caso hacen a la música) pudieran tener un profesional acreditado para poder hacer fotos del evento. Mientras estaba tocando Placebo (Mansun se cayeron del cartel por motivos obvios) la sala iba cogiendo aspecto de vagón de Metro, colocándose cada uno donde podía sin respetar absolutamente nada: igual valía ponerse encima de un altavoz que colgado de una lámpara. El caso era ver y no era nada fácil. Bowie apareció a las 22,30 y, como comentaba antes, arrancó con su guitarra y con un tema de los principios de su carrera. Iba vestido con una camisa blanca y con un pendiente en la oreja izquierda que terminaba en un mechón de pelo. No llevaba la perilla esa que tenía en las fotos teóricamente más recientes, pero mostraba, de cualquier manera, un aspecto formidable para haber cumplido ya el medio siglo. Lo siguiente que hizo fue Heroes y yo pensé que, dado el cambio de escenario, a lo mejor el "Duque" nos iba a ofrecer un recital de sus viejos temas, de ésos que han pasado a la historia. Empeñado en ganar las primeras filas perdí a mi chica por el camino, pero, como ella sabe cuidarse muy bien sola, pensé que una ocasión así merecía la pena. La cosa prometía cuando ya, bien ubicado, escucho que Bowie arranca con Jean Genie, otra pieza bien antigua del Aladin shane. Aquello podía ser algo histórico, pero... se acabó. A partir de aquel momento, el camaleón, haciendo honor a su apodo, se transformó, dio cancha a Reeves Gabrels y comenzó un concierto que no tenía nada que ver con las tres piezas iniciales. El Earthling fue apareciendo casi en su totalidad y cayeron en el show I'm afraid of Americans, Battle for Britain, Seven years in Tibet, Looking for satellites y Little wonder, la pieza que cerró la primera parte del show. La escenografía se había acoplado como se había podido, pues estaba preparada para un recinto mucho más amplio. La abundancia de focos en el suelo y colgados del techo hacía poco visibles las proyecciones en la parte trasera del escenario y las columnas de sonido, aunque colgadas también del techo, quitaban una enorme visibilidad a la mayoría del público, el cual tuvo que conformarse con ver a la estrella y a sus músicos. Como recursos, aparte de las proyecciones y la luminotecnia, el escenario contaba con tres maniquíes cabezones cuyos rostros sin rasgos servían de pantalla de vídeo para proyecciones de caras deformadas; también aparecía en uno de los lados un enorme globo ocular que, contrariamente a lo que yo pensaba, no se movió en todo el show. Bowie se había metido en su nueva piel y todos los temas antiguos que tocó a partir de ese momento se mostraron readaptados a la nueva tendencia techno y drum'n'bass que el genio ha escogido para su nueva etapa. Fashion, Fame y un par de temas del Outsider (Hearts filthy lesson y Hello spaceboy) sonaron con una potencia inmensa capaz de poner a bailar a todo el mundo. Los momentos más álgidos del concierto fueron las interpretaciones de Under pressure (¡mira tú qué sorpresa!) y Scary monsters, una pieza emblemática que sonó como un cañón y que hacía pensar que el Aqualung no iba a resistir a tanta gente en plena euforia. Los bises comenzaron con Dead man walking, otro de los temas más logrados del nuevo álbum, y tuvieron continuación con una versión del White light/ White heat de Lou Reed. Las piezas elegidas para esta parte del show fueron tremendamente peculiares, recordando el The supermen de The man who sold the world en una versión en la que Bowie cogió el saxo bajo y su compañera se encargó de poner las voces. Después de hacer Stay, el grupo volvería a despedirse, aunque todavía guardaba una sorpresa más. Al volver a coger el escenario, David anunció una sesión de dance y todos esperamos a ver qué quería decir eso. Lo que quería decir era obvio y los samplers y efectos empezaron a tomar protagonismo mientras la gente, ciertamente sorprendida, no sabía si estaba viendo a Prodigy a al Bowie de verdad. The voyeur of Utter destruction (del Outside), V2 Schneider (de Heroes) y The last thing you should do, del nuevo disco, se reconvirtieron por completo en versiones ciertamente irreconocibles para la mayoría, lo que hizo que el público se echara un poco para atrás y no supiera reaccionar. La gente, en su mayoría, no bailó, sino que prefirió esperar a ver qué deparaba la siguiente pieza. Pero la siguiente, y la final, Is it any wonder, no cambió y aquello tomó un ambiente de techno beat que dejó bien a las claras que Bowie quiere estar siempre en primera línea de vanguardia. El resultado, con todos los inconvenientes que hubo por medio, no dejó que desear, aunque el sonido de los temas nuevos poco tiene que ver con lo ofrecido en el disco. Bowie no tomó la postura de aportar todos los samplers y grabaciones que incluyen las totrecientas mil pistas en las que se ha grabado el nuevo material y eso supuso que sus nuevas creaciones tuvieran un aspecto más salvaje, crudo y brutal que lo ofrecido finamente en Earthling. Quien quiso música la tuvo en abundancia y quien quiso baile no pudo salir defraudado. La pena fue que tanta gente se quedara fuera y que el show completo del "Duque" no pudiera ser expuesto. Pero, en fin... estamos donde estamos y resulta que aquí, Bowie no habría llenado en esas fechas más que un recinto de cinco o seis mil personas. Y como Madrid no lo tiene... E.P.
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