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Daft Punk

Canciller. 16 de noviembre de 1997.

Era cuanto menos curioso asistir a Canciller para ver un espectáculo techno, pero resultó de lo más agradable y esperanzador. Aparte de la gente atraída por el cartel protagonista, muchos asiduos a la sala, más caracterizada por un ambiente rockero, no perdieron ocasión de ver a uno de los grandes de las nuevas tendencias. Eso generó un público ecléctico y un sano ambiente que llevó al traste las pretendidas etiquetas que se quieren poner a los locales de esta ciudad. Al fin y al cabo, no tenemos tantas salas de conciertos como para especializarlas y si Daft Punk tiene que actuar en Canciller eso no significa (como no significó) ninguna merma de nada. Al contrario: el local no tuvo problemas para instalar el show de la pareja que conforma Daft Punk y acondicionó la planta superior para la colocación de todo el equipo de luces y vídeo que el espectáculo necesitaba. Previamente al comienzo del concierto (?), la música pinchada te imbuía en un ambiente contemporáneo y no hacía pensar, en absoluto, que estabas en el llamado "templo del rock". Unicamente algunos carteles con figuras del género recordaban que esta sala tiene más tradición rockera que de otra cosa.

Daft Punk salió al escenario a eso de las diez y media y, desde el primer momento, con las notas de Musique, puso en funcionamiento todo el material de aderezo que su espectáculo implica: nada de iluminación para los músicos, todas las luces orientadas hacia la pista de baile, telones blancos que ejercen de pantallas de vídeo y toda una pléyade de elementos robotizados, desde los lanzadores de humo hasta las bolas de espejo. Todo está pensado para convertir la sala en una discoteca de lo más especial en la que, si bien era conveniente mirar al escenario para ver las proyecciones, tampoco pasaba nada si bailabas y disfrutabas sin enterarte de lo ofrecido encima de la tarima. Allí, los dos miembros de Daft Punk trasegaban con sus trastos tras otra pantalla de vídeo, dejando ver, sólo de pasada, sus cabezas y sus hombros. Ni una mirada entre ellos; ni una palabra. Todo muy bien preparadito para una fiesta del más ardiente house. El material ofrecido abundó en el contenido de su último Homework y temas como Revolution 909, Fresh, Da funk, Rollin & scratchin o Alive fueron enganchándose uno tras otro a la vez que se daba entrada a Daftendrekt o Can fou feal it, de grabaciones anteriores. La gente, realmente predispuesta, fue parte del espectáculo y colaboró con un gran ambiente a la propuesta sonora de Daft Punk, fuerte en ocasiones y más experimental en los puentes, todo aderezado de proyecciones editadas y de unas luces realmente bien estudiadas. El asunto bajó un poco mientras sonaban Burnin', French kiss y Teachers, pero el Midnight express de Georgio Moroder volvió a recoger el testigo y levantó de nuevo todos los cuerpos de los asistentes. Un excepcional Around the world, prolongado enormemente, cerró la actuación del dúo, aunque, reclamados, volvieron a poner todo en marcha para ofrecer Rock'n roll y un Oh yeah aderezado con estética pop art. Los elementos de los que se sirve Daft Punk resultaron plenamente solventes y evitaron el tedio que tantos artistas de techno destilan en sus presentaciones en directo. El dúo (eso sí, como ausente) supo rodearse del espectáculo visual necesario para evitar que su actuación se convirtiera en un mero paso por el escenario. Musicalmente, la propuesta de Daft Punk es de lo más sólida, con márgenes para la improvisación y con un excelente control del ritmo que permite un amplio abanico de formas y una personalísima interpretación del house.

E.P.

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